De retomar la escritura.

 Ayer en la tarde recibí un reclamo envuelto en generoso comentario sobre el olvido de este blog, la creación de textos y, la particular forma de escritura que manejo. Recordé que el 25 de septiembre planeaba hacer una entrada sobre las ausencias, los duelos y la continuidad vertiginosa de la vida, y sin embargo por pereza, pudor o falta de ideas más o menos claras, desistí del texto y mascullé la intención canalizándola con el canturreo de alguna canción de Jorge Negrete. El llamado de atención funcionó y heme acá, quizá aventurándome a hilvanar algunos párrafos más por condescendencia que por una mira específica. 

Pero aún con ausencia de objeto vale la pena destacar el asunto de las experiencias, más allá claro está, de las babosadas que ofrecen como un servicio envuelto en marketing vivencial y que se reducen a tomar café con mojicones sin que ello revista trascendencia para el cosmos o el orden geopolítico. Con ello me refiero ala experiencia de cuidar, de acompañar, de dotar de una presencia complementaria la existencia de alguien que lo requiere para continuar viviendo con dignidad y tranquilidad a pesar de las fragilidades propias que lo avocan a la condición de cuidado en una relación que, hoy concluyo, no es de una sola vía y dista mucho que la lógica de dar y recibir atenciones. Su sustento principal es la vocación de servicio y dista mucho de posibilidades de monetizar acciones. Por eso hay tanto frustrado que creyendo hacerse a dinero escogió este como su oficio y luego se queja por recibir tres lonchas creyéndose digno de recibir hasta mil y exaltando con falsa modestia lo completo de sus oficios en un ejercicio cercano a la porno-miseria, y profundamente ignorante de la comprensión real de un acto de entrega que en muchos casos, sobretodo en nuestras sociedades, se realiza de manera desinteresada y con nivel de entrega que hace difusos los límites y encarna las labores de cuidado como el eje de la vida misma y la cotidianidad. De ahí que cuando muere un paciente, su paciente, se le troncha la vida y entra fácilmente en angustia existencial. 

Dificilmente se puede retomar lo que se dejo al decidir cuidar, porque esto no funciona como un paréntesis y a la par que hacemos nuevas cosas el mundo gira y, pretender continuar luego de la aparente pausa es cuando menos cándido. Entonces, el lío radica en redescubrir la vida: resignificar los días, los horarios, las conversaciones, los lugares, el empleo, la constante riña con los prestadores de servicios (particularmente de salud), y entender que los días vertiginosos tal vez lo vuelvan a ser pero por otras causas, seguramente más silentes que las que proporcionaban las personas a nuestro cuidado. 

Hay un punto fundamental a destacar de los enumerados: la casa. Este es un espacio crucial para entender todo esto. No sólo me refiero a un espacio habitacional sino casi que a un cuartel de operaciones que es a la vez lugar de fisioterapia, de recreación, de socialización, call center y que solapa las funciones de vvienda con las clínicas y las sociales, transformándose a la vez en eje alrededor de (en los casos afortunados) movilidad familiar. Cocinar, limpiar, atender...en fin, la multiplicidad de funciones que asume un cuidador. Y luego el silente vacío. 

Queda la satisfacción del deber cumplido, pero también debe quedar el impulso sustentado en qué se yo motivos, a reasumir, no donde se dejo, sino donde se encuentra uno. Habrá que pintar, correr motetes y cambiar cortinas, tener una mascota y sembrar plantas o simplemente mudarse a otro lugar que tenga distintos colores, sonidos y formas. La depresión no debería caber cuando se ha obrado de corazón porque a la sensación de ausencia la debe acompañar la del profundo afecto con que se hizo todo. sin embargo es una posibilidad, una que permita culminar sanamente el fin de una experiencia -elegida o asignada- que ciertamente sí resignifica la vida, aún cuando cuidador y cuidado hayan marinado muchas tardes con mojicones y café.


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