(¿) Sin tema (?)
Los domingos en la noche suelen para muchos ser extraños momentos de abatimiento, de pereza, y hasta de angustia por regresar a su cotidianidad, su trabajo, a la vida real de la cual buscan abstraerse de cualquier forma. Confieso que no sufro de ese mal, y aunque en algún momento creí tener la sensación, de inmediato la descarté dado que no habría ningún motivo aparente para caer en lo que considero una pendejada en muchos sentidos. Por ejemplo, esa incapacidad de aceptar la realidad que significa vivir y costearse la vida. Hay que trabajar...por muchos o pocos pesos, lo cual ya dota de aristas el tema, porque en él confluyen inevitablemente varios factores como la oferta laboral, la formación, las aspiraciones, las oportunidades mismas y hasta la empatía que se pueda crear con quien define algún tipo de contratación.
Y entonces ¿será que trabajar es así de malo? Porque en ese orden de ideas, allí radica la explicación a muchas de las falencias que como sociedad podemos tener: la gente hace mal su trabajo porque no le gusta, y en ese escenario, lo que brilla por su excelencia simplemente obedece a la realidad de cuestiones hechas por quienes están agradados por sus actividades laborales, sin importar las que sean.
Esto me conduce a irmás allá, quizá adentro, para pensar en un desencantamiento del mundo generalizado, una desesperanza que solo conduce a vivir por inercia, cargando con el pesado lastre de la buena salud que no permite que las cosas concluyan más rápido, por lo que placebos como el licor, la superficialidad, las redes sociales y las relaciones vacías permiten levantar pie tras pie a diario y continuar caminando, sin aparente sentido, pero casi siempre con una dirección clara: sobrevivir. ¿En qué momento se perdería la capacidad de soñar? La vida, sin duda alguna, es complicada, y los seres humanos somos una maraña de contradicciones, caprichos y pasiones que catalizan la volatilidad del diario vivir; pero con todos estos elementos, podría ser aún más entretenido, dinámico y profundo el hecho de estar vivo y socializando. No sucede. No es generalizado, por lo menos. La capacidad de interactuar, de compartir, de dinamizar se pierde día con día, y la posibilidad de aglutinar espíritus alrededor de una idea, un sentimiento o una melodía sin que ello llegue a ser flor de un día resulta cada día más remota.
Pensaba en la mañana, con el asunto de la circulación del periódico, que asistimos a un momento histórico tal vez solo comparable al de la post primera guerra mundial, en el que una serie impresionante de cambios en los modos y costumbres asistieron a ver el nacimiento de una sociedad con dinámicas distintas, donde se reconfiguran las relaciones sociales, laborales, económicas, afectivas y en últimas cotidianas, de formas que no se habían visto. Sin embargo, la vida colectiva no se había afectado en tal forma para que el 'yo' llevado a extremos inimaginables de contemplación y admiración -con réditos económicos para muchos- estuviera tan interiorizado, tan asimilado. Y son cambios, producto del proceso, que nos permiten imaginar lo que somos, si miramos hacia atrás en lo que fue la sociedad, pero que a la vez con la individualización exacerbada que pretende entronizarse me conduce a pensar en la necesidad imperativa de un abrazo para muchos y muchas que haga menos nubladas sus noches de domingo.
Y entonces ¿será que trabajar es así de malo? Porque en ese orden de ideas, allí radica la explicación a muchas de las falencias que como sociedad podemos tener: la gente hace mal su trabajo porque no le gusta, y en ese escenario, lo que brilla por su excelencia simplemente obedece a la realidad de cuestiones hechas por quienes están agradados por sus actividades laborales, sin importar las que sean.
Esto me conduce a irmás allá, quizá adentro, para pensar en un desencantamiento del mundo generalizado, una desesperanza que solo conduce a vivir por inercia, cargando con el pesado lastre de la buena salud que no permite que las cosas concluyan más rápido, por lo que placebos como el licor, la superficialidad, las redes sociales y las relaciones vacías permiten levantar pie tras pie a diario y continuar caminando, sin aparente sentido, pero casi siempre con una dirección clara: sobrevivir. ¿En qué momento se perdería la capacidad de soñar? La vida, sin duda alguna, es complicada, y los seres humanos somos una maraña de contradicciones, caprichos y pasiones que catalizan la volatilidad del diario vivir; pero con todos estos elementos, podría ser aún más entretenido, dinámico y profundo el hecho de estar vivo y socializando. No sucede. No es generalizado, por lo menos. La capacidad de interactuar, de compartir, de dinamizar se pierde día con día, y la posibilidad de aglutinar espíritus alrededor de una idea, un sentimiento o una melodía sin que ello llegue a ser flor de un día resulta cada día más remota.
Pensaba en la mañana, con el asunto de la circulación del periódico, que asistimos a un momento histórico tal vez solo comparable al de la post primera guerra mundial, en el que una serie impresionante de cambios en los modos y costumbres asistieron a ver el nacimiento de una sociedad con dinámicas distintas, donde se reconfiguran las relaciones sociales, laborales, económicas, afectivas y en últimas cotidianas, de formas que no se habían visto. Sin embargo, la vida colectiva no se había afectado en tal forma para que el 'yo' llevado a extremos inimaginables de contemplación y admiración -con réditos económicos para muchos- estuviera tan interiorizado, tan asimilado. Y son cambios, producto del proceso, que nos permiten imaginar lo que somos, si miramos hacia atrás en lo que fue la sociedad, pero que a la vez con la individualización exacerbada que pretende entronizarse me conduce a pensar en la necesidad imperativa de un abrazo para muchos y muchas que haga menos nubladas sus noches de domingo.
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