Salud.
La cuestión de sanar es altísimamente compleja, y más cuando se trata de temas mentales, emocionales, tal vez energéticos, o en general que no impliquen del todo nuestro ser físico.
Ando en unos procesos interesantes, novedosos, pero sobre todo muy reparadores. Y sin embargo, a la vez que reparar, duelen y generan la necesidad de mirarnos, de superar, de afrontar. Existen teorías alrededor de la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo emocional, ligado a lo energético y a esas posibilidades metafísicas que inicialmente superan la capacidad de lo que ven los ojos pero que plantean esa trascendencia sustentada en otros planos, más profundos quizá, pero que irremediablemente se encuentran conectados al cuerpo e inciden en él y su estado. Afectar esas energías desde las emociones como el miedo, la ira, la ansiedad o el silencio -planteado como la incapacidad de expresarnos por cualquier razón-, afectan nuestro ser, y tal vez esa tristeza que a veces se torna crónica y tan llevadera, pero que igualmente pesa en la espalda, en algún momento se cristaliza en algo concreto, una afección, un dolor...algo que incide negativamente en nuestro físico. Los que saben asocian las partes a la raíz del problema, de la emoción reprimida o desbordada; y entonces los órganos poseen relaciones específicas que permiten detectar el fondo de todo esto. Ahí la cosa se torna espinosa.
Controlar síntomas es relativamente fácil, y más si se coteja con estar frente a uno mismo, desnudo, con sus miedos y temores que procuraron ser escondidos floreciendo, confrontando, intimidando; y al lado, el cuerpo, dolorido, reclamando un haz de decisión y osadía, de amor propio y abandono de ese ser pusilánime que en algún momento -cuando no siempre- tenemos. Y aunque pareciera un arranque momentáneo, realmente se hilvana la posibilidad de una transformación profunda, sentida, pero sobretodo dolorosa que implica no solo valentía sino disciplina, para cambiar hábitos, cotidianidad interior y la necesidad de ver el mundo no desde esa lupa optimista cohelesca del vaso medio lleno, sino desde el ángulo del amor propio que nos exige esfuerzos acompañados de constancia, espiritualidad y equilibrio frente a lo físico para no desbordar ni lo energético ni lo material; de un balance que nos relacione con los otros sin toxicidades mesiánicas y que permita dar lo mejor que tenemos por quienes queremos darlo desinteresada y afectuosamente.
Dicen que la vida recompensa por tres, frente a nuestras acciones, sin importar su orden ni las pretensiones que abriguen estas. Sin embargo, uno suele asociar que la fuente de retorno es la misma a la que dirigimos nuestras intenciones, y he notado que casi nunca sucede así y francamente en estos días he comprendido que ese es uno de los mejores y más sorprendentes encantos de estar vivos. Por eso mismo, la bondad y el amor con que pueda tratar a una determinada persona o manejar situaciones específicas no debe estar sustentado en esperar bondad o afecto de esa misma persona o situación. Y si llega ¡fantástico! Pero, resulta mejor cuando ni siquiera se posee la certeza de cuál acción representó tal o cual efecto, porque es así como se aprende a ser desinteresado y a llenar de bondad nuestros actos, no por buscar recompensa, sino simplemente procurando nuestra salud, física y espiritual.
Ando en unos procesos interesantes, novedosos, pero sobre todo muy reparadores. Y sin embargo, a la vez que reparar, duelen y generan la necesidad de mirarnos, de superar, de afrontar. Existen teorías alrededor de la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo emocional, ligado a lo energético y a esas posibilidades metafísicas que inicialmente superan la capacidad de lo que ven los ojos pero que plantean esa trascendencia sustentada en otros planos, más profundos quizá, pero que irremediablemente se encuentran conectados al cuerpo e inciden en él y su estado. Afectar esas energías desde las emociones como el miedo, la ira, la ansiedad o el silencio -planteado como la incapacidad de expresarnos por cualquier razón-, afectan nuestro ser, y tal vez esa tristeza que a veces se torna crónica y tan llevadera, pero que igualmente pesa en la espalda, en algún momento se cristaliza en algo concreto, una afección, un dolor...algo que incide negativamente en nuestro físico. Los que saben asocian las partes a la raíz del problema, de la emoción reprimida o desbordada; y entonces los órganos poseen relaciones específicas que permiten detectar el fondo de todo esto. Ahí la cosa se torna espinosa.
Controlar síntomas es relativamente fácil, y más si se coteja con estar frente a uno mismo, desnudo, con sus miedos y temores que procuraron ser escondidos floreciendo, confrontando, intimidando; y al lado, el cuerpo, dolorido, reclamando un haz de decisión y osadía, de amor propio y abandono de ese ser pusilánime que en algún momento -cuando no siempre- tenemos. Y aunque pareciera un arranque momentáneo, realmente se hilvana la posibilidad de una transformación profunda, sentida, pero sobretodo dolorosa que implica no solo valentía sino disciplina, para cambiar hábitos, cotidianidad interior y la necesidad de ver el mundo no desde esa lupa optimista cohelesca del vaso medio lleno, sino desde el ángulo del amor propio que nos exige esfuerzos acompañados de constancia, espiritualidad y equilibrio frente a lo físico para no desbordar ni lo energético ni lo material; de un balance que nos relacione con los otros sin toxicidades mesiánicas y que permita dar lo mejor que tenemos por quienes queremos darlo desinteresada y afectuosamente.
Dicen que la vida recompensa por tres, frente a nuestras acciones, sin importar su orden ni las pretensiones que abriguen estas. Sin embargo, uno suele asociar que la fuente de retorno es la misma a la que dirigimos nuestras intenciones, y he notado que casi nunca sucede así y francamente en estos días he comprendido que ese es uno de los mejores y más sorprendentes encantos de estar vivos. Por eso mismo, la bondad y el amor con que pueda tratar a una determinada persona o manejar situaciones específicas no debe estar sustentado en esperar bondad o afecto de esa misma persona o situación. Y si llega ¡fantástico! Pero, resulta mejor cuando ni siquiera se posee la certeza de cuál acción representó tal o cual efecto, porque es así como se aprende a ser desinteresado y a llenar de bondad nuestros actos, no por buscar recompensa, sino simplemente procurando nuestra salud, física y espiritual.
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