Lecturas.
Hace mucho no escribía. No sé si
lamentarme por mi ausencia y ofrecer excusas, o simplemente recordarles el
principio básico que motiva estos textos, un impulso. Por ello mismo, no haré
ni la una ni la otra y simplemente escribiré….
….En estos días me encontraba
leyendo, y de pronto reparé en la relectura de libros que ya estaban ahí, en la
repisa. Libros que con anterioridad había leído, gustado, asimilado,
disfrutado; y cuando me detuve en esa consideración, dando la vuelta a la
página, observé con cierto desdén otros textos comprados en impulsos
academicistas, que duran menos que una leche hirviente en derramarse, estancados
en un espacio sin que me haya detenido a mirar más que sus títulos para pensar “Oh,
que interesante puede ser……Ehh….Después lo leo”. (Es menester hacer la salvedad
que el único texto que está en esos estados virginales para mis ojos, y que
deseo continúe así hasta que salga de acá por algún obsequio de último minuto
es ROJO DIFUSO, AZÚL PÁLIDO…..Coño!....Que cosa tan ..mmmm… ¿Cómo
decirlo?...Simplemente que cosa. Mejor no lo saco de su purísimo momento).
Después de la ojeada, la
reflexión, la vuelta a la gustosa lectura y el posterior café, o el sueño (de
acuerdo al momento), pensé en que no sólo uno tiene la extraña costumbre de
disfrutar de viejas y agradables lecturas, sino que también vivimos momentos en
los cuales tenemos la extraña costumbre de reciclar en nuestra mente viejos
momentos, masticándolos, regurgitándolos y volviéndolos a tragar; adicionando o
suprimiendo posibilidades, palabras, acciones, afectos y contemplando
posibilidades en las cuales los escenarios dibujados hubieran podido
concretarse, acorde a las diferentes opciones, en posibilidades, variopintas,
monísimas pero, no por ello menos agradables. Esto, en medio de todo, me
pareció un ejercicio interesante, simpático y sobretodo cargado de cierta
emotividad malsana que aporta cierto dulce y algo de calma a nuestra
transtornada cotidianidad.
Pero deteniéndome en estas
cuestiones evocativas, me pregunto por qué es más frecuente evocar los momentos
de dolor. Pareciera existir cierta predilección en evocar rupturas, regaños,
peleas, traiciones, amores tormentosos, despidos del empleo, exequias de seres
queridos, atropellamientos de mascotas y otros menos afortunados para, de
manera ingenua, por no decir estúpida, pensar en maneras, acciones, palabras, y
hasta prendas que debimos haber lucido para generar otro tipo de efectos y
darle vuelta a las situaciones…..”Y si le hubiera puesto el collar antes de
salir de casa”…”Si tal vez hubiera borrado esos mensajes de texto”…..”Si mi
bóxer no hubiera quedado en su casa”…..”Debí eliminar la etiqueta de ese video”…..”No
debí haber dicho: finalmente entre tú y yo no hay nada. Sólo estamos saliendo”.
Y como estás, hay mil y más posibilidades.
Reciclar aromas agradables, besos
discretos y apasionados, dulces y tardes de café, películas de cinemateca y
noches en el chorro puede ser algo paliativo, agradable pero sobretodo
relajante, tranquilizador, sobrecogedor, hasta excitante. Sin embargo, recoger
momentos amargos y atesorarlos como quien guarda con especial cuidado y no sin
antes roturarlos, frasquitos de hiel fechada sistemáticamente, reservada en la
memoria para esos momentos donde aparentemente no se puede caer más profundo y
sin embargo se reservan como buen vino para decir: “¡¡A que sí llegó más
abajo!!...¡¡Ya verán!!” Es más. Estos agrios recuerdos, estas reservas afectivo-memorísticas
suelen ocupar más lugares y más preciados que las cosas dulces, agradables y de
tibios olores de albahaca. Con algo de mesurado estupor lo he comprobado.
Paralelo a ello retomé la
lectura, bebí un sorbo de café y me pregunté ¿Por qué no leemos de nuevo los
libros que llegamos a detestar profundamente?
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