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La física es una cuestión que,
aunque nos acusemos burros frente a ella, está allí y, lo mejor del caso es que
de alguna forma la tenemos interiorizada. Ello sucede por ejemplo con la ley
causa-efecto……El asunto de las consecuencias.
Pero, acá surge un merequetengue
que en este momento merece toda mi atención: ¡¡el factor sorpresa!! Este es ese
acontecimiento que bajo ningún motivo pensáramos fuera a ser el producto directo
de esta o aquella cosa que hicimos o dejamos de hacer. Esto ligado a las
emocionalidades, los valores, las sensaciones e incluso hasta el clima, que
está conectado de cierta forma con las anteriores. Por ejemplo, escribes una
nota, carta amorosa, confesión vergonzante o simplemente pides un cabrón favor
con la absoluta certeza de recibir algo. Sin embargo, recibes algo desde luego,
pero no lo que esperabas: un “chulo” seguido de un “Visto: 8:20”, y de ahí en
adelante espacios en blanco, silencios de la virtualidad, ideas acerca del
silencio y un rabionononón como consecuencia de esto que induce definitivamente
a decir en tono altisonante: “¡¡much@ hujieputa!!” Después vienen los “ayayayay”
y finalmente el arranque de dignidad… “Que se vaya pa’ la mierda. No me hizo el
favor/No me respondió”
Ahora bien, cuántas veces se
detiene uno a pensar en una razón que no vincule el hijueputismo y la comedera
de mierda del otr@, sino que procure ser lo más objetiva posible respecto de
los silencios. Además, también me pregunto en la conveniencia de esos silencios
frente al efecto esperando, es decir, cuan conveniente es que nos dejen mamando
en términos reales y prácticos, así no sea ello lo que se espera.
En todo esto hay algo que suelo
aplicar, FUNDAMENTAL[1]
y muy efectivo, el realismo. Si nos vamos a tomar la molestia de imaginar lo
que viene, ¡carajo! ¡Pensemos en lo peor! Si viene algo mucho más mono, bueno,
una maravilla; de lo contrario, se está preparado para el suelazo. Y no es que
sea un ejercicio fatalista, ni gris y tenebroso digno de destacados pesimistas
que no solo ven el vaso medio vacío sino además envenenado. Es más bien un
ejercicio sano que aterriza nuestras expectativas y nos aleja de unicornios
rosas en remansos aromatizados por nardos y azucenas y más bien nos aterriza en
espacios asfaltados, con smog, caca en las esquinas y orín en las paredes, con
saucos en los espacios más residenciales y perros flacuchos en cualquier lugar
esperando por algún pan. Espacios con rostros hollinados por la contaminación y
el olvido –de sí mismo y de los demás-, con ruidosos avisos, payasos de
restaurante, centros comerciales atiborrados de gente bonita con hinterlands de
mierda y hambre. Es en esos espacios donde nos debemos ubicar para imaginar lo
que viene, lo que esperamos y realmente lo que pedimos, ofrecemos y demás. Y no
es que esto no nos permita soñar, porque es por el contrario, es ello lo que
nos permite soñar pero mientras llegan los aromas de azucenas pues oímos a
Azucena Maizani vestida de gaucho cantar tangos y otras cosas bellas, soñando
cosas bellas pero sabiendo cuál es la cuota necesaria de espera en su justa
medida.
Sé que el silencio es una mierda,
pero, es quizá una de las variopintas posibilidades en términos del realismo
así que después de pensarlo bastante, y sin ser esta una apología a ese tipo de
respuesta, es algo bastante regular, por lo que lo debemos contemplar como
posibilidad.
Además, todo esto no hace parte
de una invitación para ser un hongo solitario y comemierda, NO. Hay que hacer
cosas, escribir, pedir favores, declarar amores, manifestar buenos deseos y
hasta disfrutar de los silencios que nos den como respuestas. Si toleramos y
hasta llegamos a reírnos de fulanos que escupen en los buses, aún detrás de
nuestros asientos, porque no queda más remedio, ¿por qué no hacer lo mismo con
esas respuestas?
[1] No
es tan fundamental como para ir en mayúsculas y resaltado pero, es un gesto que
me hace recordar tiempos mejores y alguien que adoro con mi alma.
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