Abril

Entrando acabo de notar que mi último texto fue redactado el 31 de marzo. Es decir, pasé abril sin escribir nada, aunque nutriéndome de alguna forma de reflexiones, de esfuerzos, de satisfacciones que por fin se cristalizaron en el mes de mayo.

Parto de la emoción generada con la salida de nuestro disco al mercado virtual, al público, del cual se han recibido las mejores opiniones, y que espero cumpla con ese propósito por el cual fue concebido, de difusión de nuestro qué hacer musical, y de las pretensiones que aún abrigo respecto de la música con la esperanza vigente no solo de que ocupen mi tiempo, sino de que calen y agraden al público, generando un constante esfuerzo por crear, interpretar y mostrar que aún se puede...Porque siempre se puede.

Aparte de ello, y partiendo de una charla que acabé de tener con una querida amiga, sentí la necesidad de escribir porque sentí que abril fue ese mes de cerrar, o por lo menos de intentar cicatrizar las heridas de las rupturas. Estos últimos días han sido para leer líneas como "me dijo y luego se perdió", "me tragué y ahora no aparece", "estoy rota"; y no he podido más que sentirme identificado y por ende solidario con tales expresiones que muestran como lo afectivo es, en muchos sentidos, una espada de doble filo. Ello sumado a la capacidad de creer en los demás, por lo cual esta reflexión se centrará en esos dos frentes, de atrás hacia adelante.

Las personas llegan a nuestras vidas, y en mi caso personal he concluído que logran prendarme por dos cualidades básicas: la buena charla y la risa. Considero que resultan el pilar de la construcción para los mejores y más gratos momentos, esos que se encuentran en lo no extraordinario. Y resultaría sorpresivo para muchos y muchas (es pomposo, ya que realmente pocos me leen), eso de lo no extraordinario, pero así lo siento. Desde hace mucho pienso que la vida no se teje sólidamente sobre la base de cohetes, de fuegos artificiales, de eventos atípicos, irregulares, sorpresivos y fantásticos, porque eso nos dota de otra percepción no solo de la realidad, sino de las pretensiones frente a algo o alguien. Todos los días no podemos andar echando cohetes. Pero todos los días podemos vivir, desde la cotidianidad, y desde la posibilidad de compartir y vincular otras personas, hechos e intereses a nuestro propio diario vivir. Así siento que se integra no solo mejor, sino de forma más pausada y profunda a alguien en la vida, en las ideas, en los hábitos, y sobretodo en los quereres. Sin embargo, esa idea es muy personal, y bueno, infortunada o afortunadamente (eso no lo sé), nadie me ha hecho coro a tales pretensiones.
¡Listo! la gente llega, se hace muy mona, simpática, agradable y se va metiendo de a pocos en la vida y las pretensiones de uno, y uno empieza a suspirar, y a vincularse. De repente ¡suas! Por una u otra razón todo se difumina en un mar de cosas que a la postre no se entienden, pero que destrozan, que dejan roto. Y es allí a donde voy con el asunto de la confianza.

Sin duda alguna, situaciones de ruptura se han generado a menudo, y bajo la propia lupa, siempre el otro es el cabrón (aunque a veces es bueno saber que uno también la caga. Yo lo sé, y me acuso de ello). Y esas cosas generan desconfianza, en las palabras, los hechos, en el género humano. ¿Cuál es el centro de esto? Estoy convencido que cada persona es un mundo, una construcción diferente de valores, vida, y situaciones que lo hacen tan diferente a los demás que no debe cargar con el lastre de un dolor que nos procuró alguien antes. Por eso suelo confiar. Pero, no es fácil. Eso cuesta, porque a veces hay situaciones parecidas, y hechos que generan remembranzas y hasta la posibilidad de compararlos. No está mal perder la memoria histórica, pero sí lo está el conservar rencores y cerrarnos a la posibilidad de otras salidas frente a las situaciones similares.
Pero allí es donde entra el segundo punto, ese de lo afectivo como algo de doble filo, atado, desde luego a la confianza. Porque eso tiene potencialidades diferentes y hasta diametralmente opuestas, donde se puede crecer, ser solidario, construír y amar; o convertirse en un maldito, que hace daño, que daña y destruye; o quizá también en transformarse en una víctima eterna de cada situación adversa (A veces sí pasa, a veces no somos tan víctimas). Depende mucho de cómo tomemos esto, de cómo miremos los afectos, a los demás y a las pretensiones que generemos, su profundidad y estabilidad. Ese grado de compenetración que busquemos, además de la constante correspondencia que se debe encontrar para continuar dándose la pela.

Y además, se me atravesó una frase, de esas de por ahí, donde decía que solo entenderemos muchas cosas cuando dejemos de buscar amor, comprendiendo que eso somos, y que lo que debemos hallar es con quien compartirlo, recrearlo, y construirlo permanentemente.

Ese fue mi abril, de primavera, florecimiento y la necesidad de pillarse las cosas sin dependencias, pero sin revanchismos pendejos de hiperindividualidad. Y desde luego, esa es mi reflexión para mis queridas sufrientes, con la certeza que el tiempo cura las tusas, combinado con la sana ausencia que cicatrice las heridas y pegue los pedazos recuperando la unidad de la pieza.

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