¿Las ostras están frescas?
Son días de efervescencias políticas. La segunda vuelta se avecina, los pronunciamientos del Fiscal general por el fraude electoral y las pruebas que se mostrarán con posterioridad solo dejan un sinsabor, sumado a las alianzas que se configuran de ambos lados, con desconfianza en las instituciones, en lo desconocido y en lo que pueda retornar.
Y si bien nunca he escrito en este espacio sobre este tipo de asuntos, me resulta relevante dada la nula conciencia histórica y colectiva que ronda entre quienes me son cercanos y algo lejanos, así como esa absurda superioridad moral que deja en el plano del dogma a quienes se han querido sentir de centro sin analizar los trasfondos económicos que tuvo en su interior la propuesta de esa 'coalición Colombia', liderada por Fajardo -que siento que no fue más que un adhesor de esperanzas de outsiders cargados de briznas de conocimientos pero profundamente apolíticos, canalizado con un marketing que deja muy bien parados a los asesores de campañas (que espero no sean politólogos travestidos a maquillistas)-; cuando no personas desinformadas que apuestan al retorno al uribismo como manera de contener el fantasma comunista que según ellos aún ronda por esto lares...quizá conscientes de que acá todo llega tardíamente.
Entonces, dadas las necesarias explicaciones, quiero referirme básicamente a un asunto que me sorprende sobremanera y que de alguna manera me hace recordar ciertas obviedades que a veces no lo son tanto. Cuando a uno lo citan a capacitaciones sobre higiene y salud pública, manejo de comidas y otras cuestiones asociadas, de las cosas que le recomiendan está el que los excrementos estén alejados de la comida, los platos y los cubiertos, al igual que la basura, los traperos y otros implementos de aseo. Y uno diría: "¡Lógico! No voy a poner las ollas al lado del hinodoro". Lo mismo sucede con ciertos principios aparentemente básicos dentro del ejercicio público, sobre los que nadie discutiría, como la primacía del bien común sobre los intereses particulares, la contratación por mérito y trayectoria, las licitaciones abiertas y configuradas para un desarrollo óptimo de la contratación y ejecución de las obras, la transparencia con el manejo del dinero de las arcas del Estado...Y otras tantas. Parecen obvias ¿Cierto? Se encuentran configuradas dentro de un ethos de lo correcto, la decencia, o como quieran llamarlo, y representan un bien superior y de carácter idóneo frente al ejercicio de la política. Y sin duda es algo aparentemente reconocido por todos, lo que lleva a que salirse de esos patrones se haga de forma clandestina, desviando caminos, ocultando, tergiversando, y articulando de formas creativas los favores y las complicidades, porque en el fondo se sabe que lo hecho es condenable. Es decir, saben que la cagan.
Siendo así las cosas, es lamentable el estado en que se encuentran los valores de esta sociedad, amparada en los favores, los intringulis y las influencias, y que se refleja claramente en los altísimos niveles de corrupción, que no son solo al interior del Estado, sino en todas las esferas de la vida, pública y privada. Y es tan así la cosa que hay que hacer una consulta para ver si los colombianos quieren que se abandone el pillaje al interior del Estado. Y lo peor del cuento es que nuestros legisladores se hacen los imbéciles, dilatan el proceso y ahora, en un momento de oportunismo evidente apoyan la consulta anticorrupción...porque ahora todas y todos están liderando el proceso, curiosamente en el marco de unas elecciones venideras. Eso, mis queridos, sin duda alguna también podría llamarse corrupción, toda vez que apela a instrumentalizar su poder como legislador para generar una coyuntura favorable frente a la opinión pública. Y aún más charro: les creen. ¡Se quejan, joden, pero les creen!
¿Y es que quién en este momento va a negarse a luchar contra la corrupción? Por eso es imposible no recordar a Alberto Casas Santamaría cuando frente a una obviedad recuerda la pregunta de si las ostras están frescas. No le van a decir que no, eso está clarísimo. Lo que no resulta del todo fácil de entender es cómo la configuración de las alianzas permita entender quién realmente luchará contra la corrupción dentro de un marco de coherencia al plan de gobierno que propone.
No me interesa inducir al voto a nadie desde este espacio, pero sí me gustaría que si llegó hasta acá leyéndome piense si le interesa cagarse al lado de su plato de comida.
Y si bien nunca he escrito en este espacio sobre este tipo de asuntos, me resulta relevante dada la nula conciencia histórica y colectiva que ronda entre quienes me son cercanos y algo lejanos, así como esa absurda superioridad moral que deja en el plano del dogma a quienes se han querido sentir de centro sin analizar los trasfondos económicos que tuvo en su interior la propuesta de esa 'coalición Colombia', liderada por Fajardo -que siento que no fue más que un adhesor de esperanzas de outsiders cargados de briznas de conocimientos pero profundamente apolíticos, canalizado con un marketing que deja muy bien parados a los asesores de campañas (que espero no sean politólogos travestidos a maquillistas)-; cuando no personas desinformadas que apuestan al retorno al uribismo como manera de contener el fantasma comunista que según ellos aún ronda por esto lares...quizá conscientes de que acá todo llega tardíamente.
Entonces, dadas las necesarias explicaciones, quiero referirme básicamente a un asunto que me sorprende sobremanera y que de alguna manera me hace recordar ciertas obviedades que a veces no lo son tanto. Cuando a uno lo citan a capacitaciones sobre higiene y salud pública, manejo de comidas y otras cuestiones asociadas, de las cosas que le recomiendan está el que los excrementos estén alejados de la comida, los platos y los cubiertos, al igual que la basura, los traperos y otros implementos de aseo. Y uno diría: "¡Lógico! No voy a poner las ollas al lado del hinodoro". Lo mismo sucede con ciertos principios aparentemente básicos dentro del ejercicio público, sobre los que nadie discutiría, como la primacía del bien común sobre los intereses particulares, la contratación por mérito y trayectoria, las licitaciones abiertas y configuradas para un desarrollo óptimo de la contratación y ejecución de las obras, la transparencia con el manejo del dinero de las arcas del Estado...Y otras tantas. Parecen obvias ¿Cierto? Se encuentran configuradas dentro de un ethos de lo correcto, la decencia, o como quieran llamarlo, y representan un bien superior y de carácter idóneo frente al ejercicio de la política. Y sin duda es algo aparentemente reconocido por todos, lo que lleva a que salirse de esos patrones se haga de forma clandestina, desviando caminos, ocultando, tergiversando, y articulando de formas creativas los favores y las complicidades, porque en el fondo se sabe que lo hecho es condenable. Es decir, saben que la cagan.
Siendo así las cosas, es lamentable el estado en que se encuentran los valores de esta sociedad, amparada en los favores, los intringulis y las influencias, y que se refleja claramente en los altísimos niveles de corrupción, que no son solo al interior del Estado, sino en todas las esferas de la vida, pública y privada. Y es tan así la cosa que hay que hacer una consulta para ver si los colombianos quieren que se abandone el pillaje al interior del Estado. Y lo peor del cuento es que nuestros legisladores se hacen los imbéciles, dilatan el proceso y ahora, en un momento de oportunismo evidente apoyan la consulta anticorrupción...porque ahora todas y todos están liderando el proceso, curiosamente en el marco de unas elecciones venideras. Eso, mis queridos, sin duda alguna también podría llamarse corrupción, toda vez que apela a instrumentalizar su poder como legislador para generar una coyuntura favorable frente a la opinión pública. Y aún más charro: les creen. ¡Se quejan, joden, pero les creen!
¿Y es que quién en este momento va a negarse a luchar contra la corrupción? Por eso es imposible no recordar a Alberto Casas Santamaría cuando frente a una obviedad recuerda la pregunta de si las ostras están frescas. No le van a decir que no, eso está clarísimo. Lo que no resulta del todo fácil de entender es cómo la configuración de las alianzas permita entender quién realmente luchará contra la corrupción dentro de un marco de coherencia al plan de gobierno que propone.
No me interesa inducir al voto a nadie desde este espacio, pero sí me gustaría que si llegó hasta acá leyéndome piense si le interesa cagarse al lado de su plato de comida.
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