Del aborto

 La parsimonia frente a las decisiones trascendentales fastidia, pero a la vez da la idea de ejercicios juiciosos de análisis frente a los argumentos que puedan conducir a tal o cual vía. Esa idea es la que permite mantener la serenidad, esperando pacientemente algún pronunciamiento. Ahora bien, puede ser un tanto más angustioso cuando lo que se encuentra en juego son los derechos, los propios y los ajenos. 

¿La historia de las mujeres, de sus cuerpos, de su sexualidad y su disfrute, de su reproducción, hasta qué punto ha gozado de algún tipo de autonomía?

Cargar a cuestas con la falsa responsabilidad de la reproducción de la especie de como un gran todo sobre una sola persona, sin duda alguna, ya debe ser algo como para chiflarse. Imaginar que esa carga psicológica ha sido impuesta directa e indirectamente por muchas generaciones a las mujeres sin duda debe suscitar una reflexión profunda, empática y alineada a las necesidades y el contexto de nuestros días. 

Es necesario inicialmente entender que si bien los derechos nos protegen, por sus características, y específicamente en el caso del aborto, no son imperativos. Ni el Estado, ni las feministas, ni los médicos, ni la EPS, ni el trabajador social te obligan a abortar; pero tampoco los padres, la Iglesia, la pareja, los colectivos provida o el mismo Estado deben obligar la preservación de una preñez porque sí. Ah, uso el verbo preñar toda vez que el embarazo denota un contenido vergonzoso, sino piensen en las situaciones embarazosas. 

Partiendo del punto bajo el cual nadie obliga a abortar, lo único que queda en el escenario son posibilidades reales de ejercer un poco más de autonomía que antes por parte de las mujeres sobre su sexualidad, reproducción y maternidad. Debemos eliminar esas ideas de la preservación de la especie, del fetiche de la vida porque sí, y de una suerte de voluntad divina a la que endilgamos las irresponsabilidades propias. Se abre un escenario de responsabilidad, autonomía, preservación de la integridad propia, de la salud y los procedimientos médicos con garantías de higiene. Iniciamos la ruptura de un tabú que sin duda se reflejará en la existencia de niñas y niños realmente deseados y queridos, en vez de la infancia que debemos ver a diario, cargada de odio y descuido, de desidia y abandono por parte de sus progenitores, porque seguramente no pudieron abortar. Asistimos a la disminución probable de muertes por malas prácticas clínicas, nacidas de la clandestinidad que abriga lo prohibido. Más que nada estamos ante el reconocimiento, por lo menos formal, de la propiedad de las mujeres sobre su cuerpo, más allá de premisas dogmáticas y represivas que sin duda están sacadas de esa vieja premisa de contrarreforma, esa de los enemigos del hombre ¿recuerdan? El diablo, la carne y el mundo. 

Sagrada es la vida, la real, no la potencial. Sagrado es el derecho para decidir sobre la propia piel. Sagrado es también no aspirar a la maternidad y buscar cualquier posibilidad alejada de ella como forma de realización. Que si nos hubieran abortado, dicen los pro-vida. Bueno, nunca lo sabremos. Sin duda sería diferente pero, al no saberlo, no me afectaría. 


Picaset: Hay que proteger las Cortes, su heterogeneidad y su labor. Generalmente dan muestra de grandeza en medio de la permanente crisis institucional colombiana. 

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