Del nuevo ministro de defensa.

 

Los actos de fe son cada vez más escasos, porque cada vez se cree menos. Y ello no por un asunto de reflexiva y sana duda que nos conduzca a un racional contraste de escenarios posibles, sino por el mal irremediable de la estrepitosa y constante decepción que trae consigo cada nuevo escándalo. Ese es el manto que abriga toda la institucionalidad estatal, y me aventuro a sostener eso de la totalidad, porque ya ni la justicia ha quedado fuera de ello, y basta recordar el cartel de la toga. 

Hay quienes achacan este mal en una herencia colonial que tuvo en la administración virreinal un ávido ejemplo de corrupción y manejo amañado de las disposiciones de la corona a un número determinado de intereses de élites locales, cuyos malos hábitos nunca fueron enmendados, dado que la emancipación independentista tan sólo significó una suerte de reemplazo de yugo por el de unas élites locales que no tuvieron muy claro eso de la independencia y la democracia.

Otros, que no lo leen tan atrás, asocian los fenómenos de corrupción al narcotráfico y la cantidad de complejas redes que a su alrededor surgieron para permitirle movilidad y cierta clandestinidad. Dinero fácil y abundante producto de los réditos de la ilegalidad, y todas las ideas de rápido progreso económico visible a nivel social con unos modelos difíciles de obviar: deportistas, cantantes, periodistas, modelos, políticos y destacadas figuras que proyectan un mensaje claro, aunque errado, sobre la pertinencia de lo ilegal como efectivo.

Tal vez una y otra se encuentran y refuerzan: el imaginario del pillaje y la trampa colonial con el de la cultura mafiosa y del facilismo amoral[1] con un atenuante: su cristalización en el Estado. Ello como un proceso, infortunado, lento, de permeabilidad selectiva, que incluyó políticos del nivel local, regional y nacional, pero además se incubó en los entes de control de manera directa o indirecta y consiguió tejer hilos muy sólidos con las fuerzas militares desde los brazos armados del narcotráfico y los ejércitos del paramilitarismo. Este es, definitivamente un escenario de alta complejidad por las alianzas, los métodos, los actores y el alto grado de ilegalidad de todas las acciones.

Es necesario destacar algo fundamental: que sean los agentes del Estado los que cometan delitos es doblemente grave, puesto que representan la protección y el cumplimiento de la ley. De manera algo simple pero certera: ¿Quién nos cuida de los que nos cuidan?

Siendo así, remitámonos directamente a las FFAA. Falsos positivos, corrupción, alianzas y trabajos conjuntos con el paramilitarismo. El informe final de la Comisión de La Verdad evidencia muchas realidades de la historia reciente del conflicto colombiano y del ejército como un actor de primer orden en cuanto a violación de DDHH se refiere. La retórica de las manzanas podridas no funciona para explicar todo esto, porque además no es una actuación en solitario, sino un engranaje sistemático que vincula al poder político de manera directa en todas estas acciones. Es la doctrina, el enfoque, la orientación que se tiene de las fuerzas militares en Colombia. Resulta evidente que ahí no existen héroes, pero también lo es la imperiosa necesidad de una transformación que dialogue con el cambio que propone el gobierno electo de Petro.

El paulatino nombramiento de los ministros del gobierno entrante ha sido visto con esperanza y cierto recelo ridiculizante por parte de la oposición, cuyos baladíes argumentos alrededor de la edad de quienes ejercerán sólo evidencian que no hay mayores argumentos de incompetencia. Sin embargo, el ministro de defensa Velásquez sí ha despertado airadas y profundas reacciones que ponen en tela de juicio su idoneidad, preparación académica y trayectoria pública.

Un primer y necesario paso es un mea-culpa que incluya el reconocimiento institucional de una crisis ética a todos los niveles y que conduzca a un necesario cambio de orientación que sin duda debe ser conducida por la propensión natural a proteger los DDHH como eje desde el que se construya y articule todo el andamiaje de las armas en un Estado del siglo XXI. He ahí una parte necesaria de los efectos que debe surtir la verdad y la reconciliación bajo el compromiso de no repetición en la sociedad colombiana. Un compromiso entre la reorganizada –ojalá- institucionalidad y la sociedad civil, esta última más abierta y heterogénea, porque estos escenarios de reingeniería son actos de grandeza que nos obligan a reformularnos para estar a la altura de los tiempos y las transformaciones que son requeridas.

Así pues, el nombramiento de Velásquez es sin duda el primer gran paso frente a un enorme reto. En buena hora por la verdad y las responsabilidades de todos los actores, porque es necesario poder volver a creer.



[1] Categoría desarrollada por Sudarsky y complementada por Mockus con la cultura del atajo.

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