De los cien años de la Sonora Matancera
Pensar en un centenario se torna abrumador, pues aunque a los ojos de la historia esto es apenas un brochazo, sentir el peso de cien años de existencia es realmente significativo, y más si nos referimos a una agrupación musical.
Es necesario señalar inicialmente que no se trata de cien años ininterrumpidos de carrera, sino de una extensa y exitosa trayectoria capaz de crear referentes y que se encuentra cumpliendo años de lo que fue su génesis: la Tuna Liberal. Que la década del cincuenta fue el momento culmen es innegable, como consecuencia del ascenso exitoso que en trayectoria fuera adquiriendo la agrupación, nutrida por un concepto cada vez más claro y capaz de competir con un ambiente musical cubano cargado de talento con figuras como Miguel Matamoros o Ignacio Piñeiro, por no hablar de las orquestas; pero es el olfato particular que inicialmente con Valentín Cané y luego con Rogelio Martínez orientarán la conquista del gusto popular no sólo en Cuba sino en el Caribe, logrando mantenerse por varias décadas pegando éxitos y acercándose cada vez más a los afectos que genera la nostalgia musical.
Hay dos ingredientes, creo, en el éxito comercial de la Sonora: el repertorio y los intérpretes. Iniciaré destacando el segundo para llegar al primero casi como una consecuencia. Hubo figuras que gozaban de renombre y que se integraron al tren delantero de la Sonora, bien como dinámica de una etapa temporal por Cuba, como fue el caso de Myrta Silva -además primera mujer dentro del conjunto-, o de Daniel Santos, y que lograron identificarse con el conjunto de una forma tan fuerte, para el caso de Daniel, que en poco tiempo la simbiosis fue un éxito rotundo, y cuya muestra más evidente y propia del momento es la radio. Esta situación también puede aplicarse para figuras como Bobby Capó o Víctor Piñero, que gozaba de reconocimiento en su país. Otro caso fue el de quienes siendo figuras estelares de la canción, entran a la Sonora dándose así una bocanada de oxígeno que permite refrescar sus carreras y darle nuevas versiones a su ya consolidado repertorio, de manera exitosa. Tal es el caso de la voz que acaricia, don Leo Marini. Pero, también está el caso de talentosos intérpretes que se catapultan a la fama continental desde la Sonora, como Carlos Argentino, Nelson Pinedo, Celio González y la inolvidable Celia Cruz. Y hay algo particular en esta multiplicidad de cantantes: sus nacionalidades y con ello los repertorios que podían traer consigo, sus músicas nacionales o quizá sus propias inspiraciones; esto confluye en el primer ingrediente que señalé y por lo cual la propuesta de la Matancera se tornó fresca, amplia, interesante y con la capacidad suficiente para generar la identificación de las músicas autóctonas en clave matancera para el mundo entero. Merengues venezolanos y dominicanos, merecumbés, porros, vallenatos, además de los sones los boleros y las guarachas hacen que una década sea suficiente para tejer solidamente una leyenda musical y construir una institución referente para todos los que buscamos hacer música tropical de calidad, y llegan más allá, porque hasta los salseros la observan como génesis de lo que representó su movimiento musical.
Resulta complejo sintetizar en unas líneas tanta historia y un repertorio que, a cuentas de lechera, logra alcanzar las mil grabaciones, con la siguiente premisa: la Sonora inicia una carrera en momentos de 78 rpm para culminar con el recordado lp y ello crea límites propios de la época y el desarrollo de la industria a la hora de consolidar una trayectoria discográfica. Pero además aunque no se pueden desplegar contundentes y extensos comentarios, al menos valga mencionar a figuras como Alberto Beltrán -el negrito del batey-, Bienvenido Granda, Vicentico Valdés, Laito Sureda, Carmen Delia Dipini, Miguelito Valdés, Yayo el Indio, Caíto, que con sus voces enriquecieron esta historia que de cierta manera también nos identifica, porque se hizo parte de nuestros momentos como sociedad, desde los relatos de nuestros abuelos y padres o por la sencilla recordación de un estribillo o el redescubrimiento de un viejo bolero que todavía puede dotar de significado las sensaciones de los jóvenes.
La Sonora, creo, sigue ahí, viva y vibrante, para nosotros. Disfrutemos del esfuerzo de tantos -como dijera Myrta Silva alguna vez- obreros del arte y preservemos la riqueza que posee la evolución de lo que hoy entendemos como una institución musical. Es lo mínimo que podemos hacer por "La Sonora, Celia Cruz y don Rogelio".
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