La llegada de Duque.
Puede ser cliché, pero realmente resulta inevitable escribir sobre los eventos políticos de hoy en el país. La posesión presidencial siempre despierta expectativas ya que delinea en los discursos lo que seguramente vendrá en materia de gobierno y de movimientos institucionales.
Las cosas así no resultan nada más allá del protocolo general, y de algunos análisis que sin pena ni gloria nutran un par de primeras páginas de la prensa y ayuden a dar tema al oficio de los columnistas. Sin embargo, en esta ocasión además del pésimo clima, el nefasto discurso del presidente del Congreso, sobre lo que referiré adelante, sumado a un discurso larguísimo y monótono del nuevo presidente, hicieron del acto una cuestión medio acartonada, medio charra.
Sin duda lo más preocupante a mi parecer fue el discurso de instalación del presidente del Congreso. Con un tono incendiario, apocalíptico y revanchista se abordó la bienvenida al nuevo mandatario, presentándole un país destrozado, quebrado, dividido, y prácticamente inviable, necesitado de la mano salvadora de un curtido líder como Álvaro Uribe, quien con su sapiencia contagia a todos los que lo rodean de facultades para sacar de este berengenal al país. Duque fue el ungido, y a sus capacidades en estado potencial se acogen todos los miembros de su partido para tejer una llave de trabajo hecha coalición gobierno-legislativo, con un adicional: la pedrada a las Cortes, a la justicia, en clave de la invitación a ser objetiva y despolitizada. Ello sin duda no deja de ser una patada bajo la mesa por el caso de Uribe. En general fue un llamado al rescate del abismo, una necesidad imperiosa de recuperar la era de la seguridad democrática a como de lugar, con el fin de recuperar un rumbo perdido, el de un proyecto político específico para la tierra, la economía, los narcóticos y la política internacional, alineados, como desde hace más de cien años a la estrella del norte. El respice polum de Marco Fidel Suárez.
Y aunque el discurso de Duque procuró ser mesurado, y no hacer coro al que lo antecedió, todo este evento deja un clima enrarecido, que realmente no le apuesta a mirar al futuro de cara a las necesidades de nuestro tiempo; sino que se va de cara al porvenir reciclando un proyecto político fracasado que afortunadamente quedó trunco, y yuxtaponiéndolo a las nuevas necesidades políticas, económicas, sociales, y sobretodo de post conflicto que están ahí, sobre la mesa y que necesitan soluciones inmediatas, reales y prácticas. Con ello quiero decir que no estamos para nuevas políticas de gobierno en materias tan sensibles, sino que es una necesidad la elaboración de políticas públicas de Estado de cara a una solidez institucional que no dependa del vaivén dado por los caprichos del gobierno de turno o de la coyuntura electorera propia del quehacer político colombiano.
Dicen que hay que esperar para establecer unos escenarios más o menos visibles. Pero, es que después de tantas cosas que se dijeron este día, lo más seguro es un retorno al periodo 2002-2010, quizá con cierta profundización y mutado al contexto actual, con una beligerancia internacional dada por el caso Venezuela, y una necia recurrencia a la modificación sustancial de los acuerdos de la Habana. Ello sin sumar ciertos anuncios como la reglamentación de la protesta, o la tributación a las transacciones en efectivo, el tema del fracking, la minería, los líderes sociales y el cumplimiento a los desmovilizados. La bruma invade no solo el análisis sino el sentir mismo, y su frío contenido sin duda puede llegar sino a inmovilizar y paralizar, sí a generar incertidumbre frente a la seguridad misma.
No creo que se vengan los mejores tiempos. Y sin embargo, la esperanza procura mantenerse ahí. Ojalá las cosas no se agraven ni que vuelvan las reelecciones, por ejemplo.
Las cosas así no resultan nada más allá del protocolo general, y de algunos análisis que sin pena ni gloria nutran un par de primeras páginas de la prensa y ayuden a dar tema al oficio de los columnistas. Sin embargo, en esta ocasión además del pésimo clima, el nefasto discurso del presidente del Congreso, sobre lo que referiré adelante, sumado a un discurso larguísimo y monótono del nuevo presidente, hicieron del acto una cuestión medio acartonada, medio charra.
Sin duda lo más preocupante a mi parecer fue el discurso de instalación del presidente del Congreso. Con un tono incendiario, apocalíptico y revanchista se abordó la bienvenida al nuevo mandatario, presentándole un país destrozado, quebrado, dividido, y prácticamente inviable, necesitado de la mano salvadora de un curtido líder como Álvaro Uribe, quien con su sapiencia contagia a todos los que lo rodean de facultades para sacar de este berengenal al país. Duque fue el ungido, y a sus capacidades en estado potencial se acogen todos los miembros de su partido para tejer una llave de trabajo hecha coalición gobierno-legislativo, con un adicional: la pedrada a las Cortes, a la justicia, en clave de la invitación a ser objetiva y despolitizada. Ello sin duda no deja de ser una patada bajo la mesa por el caso de Uribe. En general fue un llamado al rescate del abismo, una necesidad imperiosa de recuperar la era de la seguridad democrática a como de lugar, con el fin de recuperar un rumbo perdido, el de un proyecto político específico para la tierra, la economía, los narcóticos y la política internacional, alineados, como desde hace más de cien años a la estrella del norte. El respice polum de Marco Fidel Suárez.
Y aunque el discurso de Duque procuró ser mesurado, y no hacer coro al que lo antecedió, todo este evento deja un clima enrarecido, que realmente no le apuesta a mirar al futuro de cara a las necesidades de nuestro tiempo; sino que se va de cara al porvenir reciclando un proyecto político fracasado que afortunadamente quedó trunco, y yuxtaponiéndolo a las nuevas necesidades políticas, económicas, sociales, y sobretodo de post conflicto que están ahí, sobre la mesa y que necesitan soluciones inmediatas, reales y prácticas. Con ello quiero decir que no estamos para nuevas políticas de gobierno en materias tan sensibles, sino que es una necesidad la elaboración de políticas públicas de Estado de cara a una solidez institucional que no dependa del vaivén dado por los caprichos del gobierno de turno o de la coyuntura electorera propia del quehacer político colombiano.
Dicen que hay que esperar para establecer unos escenarios más o menos visibles. Pero, es que después de tantas cosas que se dijeron este día, lo más seguro es un retorno al periodo 2002-2010, quizá con cierta profundización y mutado al contexto actual, con una beligerancia internacional dada por el caso Venezuela, y una necia recurrencia a la modificación sustancial de los acuerdos de la Habana. Ello sin sumar ciertos anuncios como la reglamentación de la protesta, o la tributación a las transacciones en efectivo, el tema del fracking, la minería, los líderes sociales y el cumplimiento a los desmovilizados. La bruma invade no solo el análisis sino el sentir mismo, y su frío contenido sin duda puede llegar sino a inmovilizar y paralizar, sí a generar incertidumbre frente a la seguridad misma.
No creo que se vengan los mejores tiempos. Y sin embargo, la esperanza procura mantenerse ahí. Ojalá las cosas no se agraven ni que vuelvan las reelecciones, por ejemplo.
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