De los treinta años de la Constitución
El martes de la semana
pasada tuve la oportunidad de hablar con una querida amiga, maestra de chicos
en niveles técnico y tecnológico. Su área está asociada a las humanidades, a
los derechos humanos específicamente. La insatisfacción luego de conocer el estado
de cosas bajo el cual salen los bachilleres a “enfrentar” la vida me invadió.
Es altamente preocupante no saberse sujeto de derechos, desconocer los procesos
históricos que los enmarcan o tan siquiera saber que existe una constitución,
qué es y cómo se llegó a ella. No sé qué se hace en las clases de sociales en
los colegios últimamente, y aunque conozco la muletilla de los chicos que reza “eso no lo vimos en el colegio”, también
soy consciente de que, al menos un vago recuerdo de algo tan reciente en su
proceso de aprendizaje, debe quedarles.
Particularmente este asunto
de la Constitución del 91, la séptima papeleta y el haz de luz al final del
túnel que, como esperanza, tuvo este momento político e histórico en el país. Y
ahora, pasadas tres décadas, resulta imperativo hacer un balance en términos
prácticos y reales, a la luz de los acontecimientos del último par de meses y
de cara a la cada vez más ilegítima institucionalidad, de cuyo desprestigio ya
no se salva nadie.
Frustrante resulta ver a
quienes, jóvenes en su momento, representaron el cambio y la salida, hoy absorbidos
por las mismas prácticas que apenas ayer condenaban vehementemente. Y debo
señalar cuan curioso me resulta que aún hoy sostengan lo apolítico de su
movimiento cuando eminentemente era todo lo contrario y, como causa política,
buscaba renovar las prácticas clientelistas y corruptas que desde los partidos
tradicionales caracterizaban el ejercicio de la vida pública colombiana
asociada al Estado. Hoy algunos lideran tales prácticas, otros simplemente se
ven inmersos en ellas por acción u omisión. No hubo tal cambio.
Que el Estado ahora es
laico, pluriétnico, multicultural, y social de derecho. Ajá ¿Y eso se cumple? ¿Cuál
es la situación real de inclusión de afros, indígenas, palenqueros, gitanos,
comunistas, alternativos, LGBTI? Sin salud, educación, vivienda, empleo,
oportunidades ¿dónde está en Estado y su aparente inclusión? Es ahí donde debe
estar la inclusión y la presencia estatal, en vez de poner un CAI, un batallón
o cualquier presencia armada, que además posee las nefastas consecuencias que
se conocen. ¿Existe respeto por las ideas, usos y costumbres del otro cuando no
es blanco, académico, de posición acomodada y hasta libre de glúten? No es sólo
reconocer su existencia, porque no se trata de objetos ornamentales, sino de
vidas humanas. Este tópico da para otro texto, sin duda en una próxima entrega.
Sólo dejo reflexiones básicas planteadas.
¿Y la paz? Sin duda la
participación de sectores desmovilizados en la construcción de la constituyente
–a quienes el Estado no había matado (sino, pregúntenle a Virgilio)- deja ver una
posibilidad de inclusión e inserción a la vida civil y política, pero aún hoy
hay quienes no aceptan que ex miembros del M19 tengan participación política en
el país, lo cual sin duda marca un derrotero inmediato frente a la reciente
desmovilización de la guerrilla de las FARC, generando la exclusión y la
negativa de estos procesos de terminación del conflicto, cuyas consecuencias
directas son el asesinato sistemático de excombatientes y, la fractura mortal de
una paz que, desde muchos sectores de la sociedad colombiana se pretendió más
como pax.
Institucionalmente se
avizoraba esperanza con novedades como la Fiscalía, la Defensoría del pueblo, o
mecanismos como la acción de Tutela. Hoy podemos ver una cooptación desde el
ejecutivo de la institucionalidad y altos índices de corrupción, creciente
además, que no dejan ver la viabilidad institucional; y una tutela prostituida
y transformada en un mecanismo que da para todo, porque ahora para acceder a
cualquier derecho hay que entutelar.
No puedo pensar en un
balance positivo entre procesos y realidades frente a la Constitución de 1991,
entre otras porque ni siquiera se conoce bien. En últimas una colcha de retazos
cargada de buenas intenciones no fue suficiente para transformar en el fondo
las profundas desigualdades de la sociedad colombiana y modificar
sustancialmente y de manera purificadora su pútrida institucional, la que
además está llevada a pique.
¿Y aún hoy se atreven a preguntar
el porqué del paro?
¡Pilas con eso, y con leer
la constitución!
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