Desesperanza

 

Hacer mercado es un asunto de alto riesgo cardiaco en esta coyuntura económica. Los precios se incrementan rápida e inesperadamente en bienes absolutamente básicos en la canasta familiar popular, dejando no sólo la incertidumbre por el futuro inmediato, sino la certeza de la restricción alimentaria sobre productos que lejos de estar en el marco del lujo, representan la posibilidad de una comida que aunque poco balanceada, dejara satisfechos a los comensales.

Papas, yucas, plátanos, arracachas están “por las nubes”; las verduras y las frutas ni se diga y de la proteína es mejor no hablar. Un incremento del 10% en el salario mínimo, pregonan con pecho de paloma los defensores del gobierno, sin notar que el incremento del costo de vida, según varias fuentes, ronda entre un 17% y un 20%...Y eso que no he mencionado la temporada escolar que se avecina de forma inmediata.

¿Solución? ¿Endeudarse con préstamos o tarjeta de crédito?

Parece un chiste de pésimo gusto que un territorio con evidente capacidad agrícola, sustentada por la extensión y variedad climática y su posición en el planeta esté importando alimentos y, básicamente ad portas de una seria crisis alimentaria. Este fenómeno da cuenta de la insostenibilidad del modelo económico al que se adhirió la política económica de las últimas décadas. Fracasó, hizo aguas. No supo responder de manera satisfactoria a las necesidades de un país lleno de carencias, y por el contrario las profundizó con desigualdades que asombran a países industrializados, agudizadas por un entramado de corrupción concupiscente con narcotráfico y violencia que ha mutado en lo que tenemos en la dirección del Estado.

Ganan los bancos, los terratenientes, los ganaderos, los exportadores –de coca- ¿Y los pobres, los niños, los desplazados, las mujeres, los afro, las etnias, los estudiantes, la comunidad LGBTI…, los emprendedores, los adultos mayores?

Jamás pensé en asistir a un momento en el que se considerara un lujo tener tres comidas al día, pero menos aún estar en el marco de una sociedad absolutamente estúpida que justifica tales males con esperanzas ridículas donde quienes los generaron, según ellos, nos van a salvar de padecerlos más.

La cotidianidad está sumiendo en una profunda desesperanza esta sociedad, y sin duda antes de mejorar empeorará. De ello y de una oleada de suicidios de jóvenes y endeudados no tengo la menor duda, así como de una masiva migración de quienes ven en fregar pisos en otras latitudes del planeta mejores posibilidades que tras un escritorio en Colombia.

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