De la democratización electoral
La última semana ha sido escenario de interesantes temas de debate: la democracia, las pensiones, el sistema de salud, la seguridad alimentaria, los procesos electorales. Asistimos a un momento interesante en la historia de la joven vida republicana del Estado colombiano, ávido de nuevos rumbos y minado en su legitimidad por los torpes procesos con que ha sido manejado históricamente.
Elecciones de Congreso y consultas
internas de las coaliciones, en una suerte de ejercicio de “primera vuelta”
presidencial anticipada, dejaron al descubierto una de las más frágiles figuras
de la ficticia democracia colombiana: la Registraduría. Es inverosímil que en
2022 aún se realicen elecciones y conteos de forma manual, relegando los
procesos digitales con todas las ventajas de control y transparencia que ellos
representan, entre otras, para construir un sistema respetable que fortalezca
la credibilidad ciudadana. Las presidenciales de 2018 tuvieron el manto de duda
frente a fotografías que circularon por redes sociales con el mal
diligenciamiento de los formatos E-14, además de episodios como las fotocopias
en ciertos puestos de votación en Bogotá, sólo por citar los hechos quizá más
destacados del momento y frente a cuya experiencia permitieron poner en duda
los resultados de hace ocho días y buscar controlarlo desde el seguimiento
ciudadano, el voluntariado en el reconteo y los contrastes de eficientes
equipos de trabajo que logran en una semana la cifra considerable de 500.000
votos, más o menos, alterando el panorama de curules y presencia política
alternativa en el legislativo colombiano.
Frente a estos episodios me
impactó profunda pero negativamente un trino del aspirante Edward Rodríguez
donde señalaba algo así como “nos democratizaron las elecciones”, dando cuenta
de las consideraciones bajo las que aspiran ejercer cargos públicos, ser
electos y en general participar de la vida pública desde el Estado. Buscan un
ejercicio entre iguales, un escenario exclusivo y excluyente que les permita,
con lugares comunes, manejar lo público con falsa representatividad y
preservando esos valores de antaño que hechos frases, se leen en clave de “la gente decente no suda”, para recordar
a Luis López de Mesa; o en hechos como la representación de Miguel Antonio Caro
por el estado de Panamá, cuando jamás salió de Bogotá. Ese es el talante que,
sumado a la altísima corrupción y la traquetización y paramilitarización del Estado,
desgastó profunda y radicalmente a la sociedad colombiana. Ese desgaste sin
embargo, por mucho tiempo se cristalizó en indiferencia y abstencionismo, pero
afortunadamente hoy emerge en criticidad al sistema desde la juventud y en la
consideración de un ejercicio de ciudadanía más comprometido que supere lo
electoral y controle políticamente, vigile, reclame y proteste. No bajo el
sofisma vacío de Mauricio Toro de que a los ciudadanos nos tocó salir a hacer
política, sino frente a la conciencia de un ejercicio político activo y
crítico, que represente las necesidades de esta desigual realidad.
Afortunadamente y en buena
hora se democratizaron las elecciones y el debate, a ver si el país empieza a
preguntarse por temas relevantes para su presente y futuro inmediato y se
decide a dar el primer paso del necesario cambio que demanda la sociedad y nos
ubica de una vez a la altura de las necesidades de nuestro tiempo.
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