Del cambio en primera

 La semana pasada debatí un argumento sobre las coincidencias temporales que existen en la historia, que personalmente prefiero no llamar ciclos, toda vez que los contextos resultan diferentes aún en acontecimientos aparentemente similares. Ello me condujo a reflexionar sobre lo que algunos pomposamente llaman "historia de Colombia", y que realmente no supera dos siglos, de los cuales uno se pasó tratando de darle forma institucional. Un sino común, casi transversal de todos estos acontecimientos: la violencia. 

Pretender fundar un orden republicano sobre los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad, además del pilar de la propiedad privada -bebiendo fuentes norteamericanas- parecía ser la panacea sobre la cual sustentar un país daría buenos frutos, y claro, es necesario recordar que los valores coloniales y de antaño seguían ahí; entonces el derecho natural sumado a las nuevas fuentes francesas y norteamericanas realmente dan como fruto una propiedad privada expansiva y una igualdad entre iguales, que no entre todos, porque hay unos más iguales que otros. ¿Pero qué pasó con el valor de la vida?

Entonces, todos tan varones, iguales, fraternos, libres y propietarios, en medio de una masa más grande y heterogénea de esclavos libertos, indígenas y campesinos sin tierra, mujeres de todos los orígenes y niños sin apenas instrucción, y es ahí, en las postrimetrías decimonónicas donde va a surgir la propuesta de la nación colombiana: blanca, católica, con himno, bandera, árbol y flor nacional, además del idioma. Todo un proyecto para las misiones educativas, dadas a la iglesia, al igual que parte de la salud pública, lazaretos y cementerios. Realmente, un Estado chico, sin recursos ni mayores aspiraciones. Ahí se cocina esa idea de ser colombiano, de la colombianidad; una idea sin músicas, ni colores ni multiplicidad, por lo menos en principio, y que se fue nutriendo paulatinamente a lo largo del siglo XX, tratando de integrar elementos que no desbordaran los límites iniciales pero que enriquecieran la receta para que fueran más los que se identificaran con ella. Pero creo que llegamos tarde a eso de la nación, porque cuando ella no se acaba de cocinar ya se difumina en la globalización eso de la identidad nacional, y lo mundial entra en tensión con lo local, con interconexiones a escala planetaria, de información en tiempo real. Allí es más fácil, práctico, incluyente y heterogéneo sentirse de la misma especie, que sin perder arraigo identitario con lo local, deseche de su imaginario el fundamentalismo y se permita entirse parte de algo tal vez más grande, pero sobre todo atado a la posibilidad de asumir la diferencia como una condición natural, y su respeto y protección como piedra angular que sustente las relaciones sociales.

Interiorizar esa diferencia es, justo en la coyuntura colombiana -como país, no como nación- la posibilidad que necesitamos para transformar la escritura de la historia. La vida debe ser el valor primario, y su protección el rumbo bajo el que se oriente la institucionalidad. Van dos siglos de apuestas por proyectos políticos. Unos más violentos y proclives a la ilegalidad que otros, que mutados con las dinámicas de cada momento, hacen que asistamos a una realidad de imperativo cambio. La propuesta del Pacto Histórico básicamente recoge la fallida reforma de López Pumarejo, de 1936, y los acuerdos sobre lo fundamental, de Gómez Hurtado al iniciar la década del 90, para ajustarlos a las necesidades climáticas y sociales. ¿Implica transformaciones? Sin duda alguna. Pero no las absurdas desinformaciones de la mal llamada prensa libre, sino la orientación vocacional que debe tener el Estado sobre las ciudadanías. ¿El régimen se opondrá? Sin duda alguna, porque se asentó en la premisa de lo público como botín y de la ley como mecanismo de beneficio para la empresa privada.

Son bastantes los obstáculos a sortear, pero estamos en un escenario que exige apostarle a la grandeza, por encima de cálculos electoreros y conveniencias de grupúsculos. En hora buena los más diversos sectores de la sociedad continúan adhiriéndose a esta apuesta que como país joven, debe hacerse en pos de un nuevo intento por otra senda, que permita no ríos de leche y miel, sino la construcción de una sociedad madura y educada capaz de adaptarse oportunamente a la necesidad de los tiempos, saliendo del anacronismo en que modelos caducos e importados nos han sumido. Y tal apuesta no debe esperar, ni tan siquiera ser considerada de manera timorata, sino asumida con arrojo y decisión, de tal suerte que, en sólo una primera vuelta se haga evidente el nuevo rumbo que la sociedad colombiana desea asumir para ser actor activo en la escritura de su propia historia.  

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