Del presidente ex-guerrillero
A riesgo de que me insulte algún buen sociologo, me atrevo a escribir que la complejidad de la sociedad colombiana no es tal y que por lo menos existe un par de valores transversales a partir de los cuales se puede comprender de manera más o menos general la forma cómo ven el mundo y lo asumen los naturales de Colombia: el dogmatismo y la indiferencia. A partir de estos dos pilares entremezclados de formas particulares de acuerdo a cada caso se ve reflejado el sentir y el actuar del colombiano, más allá de distingos económicos, culturales o pulsiones eróticas. Existen excepciones sin duda alguna, y ojalá cada vez fueran más frente a la regla, pero ese es un proceso que incluye relevos generacionales dada la imposibilidad de las actuales por abrir la mente y contemplar los vertiginosos cambios que exigen comprensión para a la vez entender las necesidades que reclama el mundo hoy, y que seguramente no serán estrictamente las mismas en una década sino menos tiempo .
He leído varias veces el lamento de una sociedad sin memoria, sin conocimiento de su propia historia y sin una conciencia social por los procesos que en el tiempo la han llevado a ser lo que trágica o afortunadamente es. Sin embargo por qué muchachos que no alcanzan a sumar tres décadas hablan del M-19 con la contundencia de quien vivió de primera mano los hechos, dejando hasta la sensación de que fueron ellos quienes mandaron transmitir un partido de fútbol por televisión para evitar los procesos informativos pertientes ante tal crisis nacional. No son guardianes de nada, ni del relato, ni de la rigurosidad que exige reconstruír la historia -así esta sea reciente-, sino formadores de discursos vacíos cargados de fantasías absolutas que dialogan perfectamente con el dogma, pero indolentes ante las pruebas, los relatos, los testimonios y los vacíos que desde la institucionalidad y las vías alternas se puede hacer para reconstruír la historia del Movimiento 19 de abril, como una de las múltiples facetas de la historia del siglo XX y del conflicto colombiano.
Es necesario y muy pertinente hacer lecturas serias de los procesos. Empezar por "La violencia en Colombia" de Fals Borda, Umaña Luna y Guzman sería adecuado para abrir la línea de la violentología, y se podría concluír parcialmente con la sentencia de la CIDH de ayer respecto del genocidio de los miembros de la UP y la responsabilidad del Estado*, incluyendo en el intermedio productos dotados de rigurosidad que den amplia cuenta del conflicto y la situación social en la escasa historia republicana de Colombia y que reclama como parte de una transformación el cambio de orientación en la visión que nos orienta de cara al mundo y al futuro...¡Momento! El dogma y la indiferencia siguien ahí.
Homogeneidad, uniformidad, orden, premisas de proyectos pedagógicos y unificadores de inicios del siglo XX aún tienen una incidencia profunda en los imaginarios, es decir que fueron exitosos si se miran con una óptica de mediano y largo plazo, pero su éxito tardío nos retrasa, porque no estamos en un momento de univocidad sino de polifonías, de colores, de divergencias y de consensos. Colombia no pudo establecerse sólidamente y sus profundas desigualdades hicieron aguas por todos lados reventando de diversas formas, lo cual me orienta a afirmar sin ningún bochorno que este país sí tuvo motivos para la lucha guerrillera como mecanismo de respuesta, propio de su tiempo, al desbalance que lo caracterizaba. Las cosas cambiaron con el tiempo y el narcotráfico, las élites en ascenso y en descenso, y una yuxtaposición de muchos factores se mezclaron con armas, violencia, guerrilla, generando un complejo escenario cuyo desmonte gradual ha sido el compromiso de varios de sus actores, esos que sí han tenido la capacidad de repensarse y construír ideas alternativas e igualmente solidas y respetables del Estado, con todo lo que ello comprende y la sociedad que lo compone.
La juventud institucional de Colombia debería permitirle la oportunidad de refrescarse, sin miedo y de manera serena, para tomar otros rumbos, los propuestos por el perdón social que traen consigo implicita una promesa esperanzadora de respeto a la diferencia, de inclusión, de heterogeneidad. Esto debe blindarse frente tanto carcamal dogmático e indiferente, porque además de un mea culpa por indiferencia, se debe reconocer la validez de otras ideas para organizar la viday superar el dogma. Que presida un ex-guerrillero es buen síntoma de un avance, que debe mantenerse en aras de hacer las cosas como nunca se han hecho, ya que como se hacían condujeron a una inviabilidad que costó bastante y sigue tronando en muchos sectores. Sin condescendencia pero con la búsqueda de comprensión del otro y la construcción consensuada por objetivos superiores que mejoren la sociedad es que esto se debe conducir.
¿Que si estoy arrependido de mi voto por un ex-guerrillero? Para nada. Simplemente estoy avergonzado de la prensa servil de mi país y de su inescrupulosa élite económica.
Picaset. La convocatoria del próximo 14 de febrero me resulta tan ridicula como la del 15. Medirse en las calles es cuando menos infantil.
*https://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_455_esp.pdf
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