¿Derechos humanos?

 

En un par de ocasiones he sido invitado a espacios pedagógicos de queridos amigos a hablar de historia, de derechos humanos, de la dignidad que debe representar pertenecer a la especie, sustentada en condiciones básicas que desde los espacios de poder político traducidos en gubernamentales se deben garantizar, proteger y, de no existir, brindarlos.

Valía de la vida, en la vida y por la vida no siempre ha sido o estado presente. Resulta más bien una consideración novedosa, que ni siquiera ha cumplido un siglo de ser formalmente proclamada. Los derechos humanos y su declaración son uno de los efectos de la segunda guerra mundial, frente a la degradación a que se sometió la vida humana, cristalizada de manera concreta y específica en las acciones nazis.

La tensión social vivida en Colombia desde hace varias décadas apenas encuentra ahora un punto de explosión expresado en las movilizaciones juveniles, en la protesta, en el reclamo de reivindicaciones siempre aplazadas pero que generan la idea de resueltas mediocremente, siendo a la postre una sumatoria de escándalos de corrupción por detrimento de lo público. ¿Y Juan Pueblo? ¡Jodido! Como siempre. Pero cuando la sociedad reclama la sensatez debería conducir a un diálogo político que resuelva mediante la canalización de demandas y la toma de acciones efectivas y concretas, el malestar social, partiendo de la premisa de un gobierno para todos. Resulta que no es así, y los justos reclamos se tornan en molestia para las nuevas gentes de bien. Se desvanece la invisibilidad de los pobres y los marginados, como cuando los visitantes ilustres se van de Cartagena y retornan a las calles sus habitantes no exhibibles. Eso no gusta. Tampoco el quedar en evidencia ante el mundo y ante el país por incompetentes, corruptos, mafiosos; y por ello se valen de la violencia, desde el Estado y, con apoyos paralelos.

Nos encontramos en un estado de cosas tan denigrante frente a la dignidad humana que volvemos a ver, como en los momentos esplendorosos de la seguridad democrática partes de cadáveres bajando por los ríos, y cabezas sin cuerpo apareciendo en bolsas plásticas en los pueblos y ciudades. En otros momentos de la historia el mensaje del miedo se lograba empalando la cabeza de un revoltoso en un sitio público, a forma de amenaza; ahora decapitan jóvenes y botan sus cabezas a forma de mensaje, sin duda, potencialmente viral. La pregunta es ¿Se convertirá en práctica sistemática frente al disenso juvenil? ¿Y el Estado colombiano qué nivel de responsabilidad y acción tiene en estos fenómenos?

 

Esta mañana Andrés Idárraga, Director de Derechos Humanos de la alcaldía de Bogotá, presentó su renuncia[1] y ratifica esa sensación que flotaba en el aire respecto de la importancia real que el tema reviste para la autoridad capitalina, y frente a la cual, básicamente, no quiere hacerse cómplice.

 

Un camino de errores, violencia, necedad y carencia de diálogo real y consensuado nos están devolviendo en el tiempo a las prácticas paramilitares, y están aglutinando un malestar mayor, fortalecen la espiral de muerte creciente y, bajo el argumento de las nuevas gentes de bien, pretenden justificar las acciones criminales que desde las fuerzas del Estado se han venido desarrollando, no para contener la protesta social, sino para aniquilarla.

En ese escenario, el problema dista de ser un uniforme nuevo. Las FFAA deben resocializarse, educarse y modificar la doctrina. Los Derechos Humanos, que tantos les fastidian y por los que acuden a sus amigos paramilitares, deben ser el eje fundamental articulador de la construcción pedagógica de todas las fuerzas del país. La consideración no puede ser la misma de las nuevas gentes de bien: unos derechos entre y para iguales. No pueden seguir existiendo ciudadanos de primera y segunda categoría y menos si de preservar la vida y su dignidad se trata.

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