Gente de bien

 

En las clases de sociales en los colegios enseñaban –no sé si aún lo hagan- la pirámide social cuando se hablaba de las civilizaciones, la edad media y la modernidad. Todo un ejercicio jerárquico que da cuenta de los imaginarios alrededor de la organización de las personas en una comunidad que, de acuerdo a los oficios, la formación intelectual y/o espiritual, la riqueza, el honor y los triunfos militares, sumados a la tradición, se clasifica de manera estática y permanente. Castas, estratos, clases, como quieran denominarse, básicamente significan una suerte de orden alrededor del ser y del quehacer, justificado y legitimado casi siempre por el derecho natural, es decir, por el carácter orgánico que representaba esa distribución social, evidencia de la voluntad divina y de un deber ser preestablecido, indiscutible y normal.

La modernidad y las revoluciones burguesas evidencian sin embargo que ese orden natural no es tal, que las cosas pueden cambiar, que existe la movilidad social, y que hasta el derecho divino de los reyes es controvertible. Desde allí se empiezan a disolver esas ideas estáticas de la jerarquía en sentido de los valores que representan para tornarse en una distribución social de acuerdo a la riqueza. Ése será el valor fundamental de ahí en adelante, y aún ahí nos encontramos.

La sociedad colombiana, sin embargo, no fue realmente una partícipe de tales valores de la modernidad. Llegaron de forma tardía y parcial. Lo que se formó fue una extraña mezcla de republicanismo post independentista con la preservación de valores coloniales alrededor de la religión, la propiedad, la sexualidad, la mujer, la tenencia de la tierra, el honor y el bien. Proyectos nacionales como la instrucción y la salud pública continuaron a cargo del clero, en una mancomunidad de élite política y económica con élite religiosa, apoyada mutuamente en la preservación de sus privilegios alrededor de la tenencia de la tierra como signo de poder económico, aún cuando esa tierra fuera altamente improductiva. Es en ese contexto donde se trata de fortalecer la idea de la nación colombiana.

El siglo XX además le agregó otros valores, en un marco más amplio quizá de formación académica, y con influencia de otras corrientes del pensamiento, en contextos como la guerra fría, con retóricas como la del fantasma diabólico comunista, y con realidades palpables como el narcotráfico y la insurgencia. Pero los valores de antaño no se disolvieron, no se anularon, simplemente se mimetizaron, nutriendo de diversas fuentes una categoría exclusiva y excluyente que abordaré a continuación: “la gente de bien”.

Buen gusto, dinero, viajes, belleza, bienes, espíritu emprendedor, defensa de lo que creen que es bueno (y por ende valentía), carisma, y quizá hasta algo de formación académica en una costosa universidad, son algunos de los más destacados valores de ese tipo de personas. Podrían escuchar una canción llamada “Plástico”, de Rubén Blades. Eso los describe muy bien. Pero además la protección de la institucionalidad, cuando esta les garantiza sus privilegios, es fundamental. Y es necesario resaltar que la ética no existe a la hora de hacerse a los valores citados inicialmente. Pero en una sociedad permeada hasta el tuétano no sólo por el narcotráfico sino por los valores de facilismo monetario que contiene, enriquecen aún más el cuadro de la gente de bien. Buscan encarnar la bondad, la tradición y la distinción de otras clases de la otraedad. Son nuevos ricos avergonzados de su origen, justificados en su alto valor de autorealización, superación y éxito traducido en tener, no en ser. Quieren representar lo que no está mal, lo deseable y conveniente extendido a la sociedad. Tal vez encarnar la bondad.

Ahora bien, y con estas breves pinceladas, surge la pregunta: ¿Son convenientes los valores de la “gente de bien” en una sociedad que aspira ser diversa, heterogénea e incluyente?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Del nivel de las audiencias

(¿) Sin tema (?)

De retomar la escritura.