Juventudes
El transcurrir del tiempo,
el devenir de las cosas, de la vida misma a través de las generaciones
pareciera haber establecido relaciones, vínculos, maridajes entre conceptos,
ideas casi indisolubles y que realmente genera la sensación de haberse convertido
en verdades absolutas, incontrovertibles y altamente vinculantes. Allí se
encuentran categorías como vida, tradición, libertad, propiedad, juventud,
revolución, sociedad, y otras tantas que, tan sólo de forma individual han sido
materia de estudios profundos y prolongados a nivel filosófico, político,
psicológico, sociológico, económico y antropológico. Sin embargo, cada momento
histórico posee ciertas similitudes con otros pero a la vez profundas
diferencias marcadas por temas tecnológicos, sociales, de movilidad y de
valores que pueden generar resultados distintos a pesar de en principio
representar situaciones similares en esencia.
“La imaginación al poder” es
una consigna que marcó la vida de muchos, en su momento jóvenes, y que
determinó una de estas relaciones: juventud-transformación/cambio (quizá hasta
revolución). Pero hasta las formas de hacer la revolución se transforman, y
desde los claveles, la no violencia, el hambre, el silencio, los murales y la
explosión de la vida hecha arte, se ha sabido manifestar desde la segunda mitad
del siglo XX, bajo la premisa del respeto por la vida propia y ajena y su
fundamental preservación. Claro, esto se da a la par de otras formas de lucha,
armada, y que conciben la transformación social en otra lógica.
Pero es útil preguntarnos si
hoy día prevalece la relación de juventud con rebeldía y con la imperiosa
necesidad de una transformación que demuestre que el mundo está vivo y es
dinámico. ¿Se es rebelde sólo por ser joven?
La juventud, creo, es una promesa
de vida. Hasta ahí. ¿Por qué? Porque la vida simplemente puede tener un hilo de
continuidad, de tradición y de preservación. La pulsión que da origen a la
rebeldía la encuentro más asociada a las carencias. El hambre, el frío, la
tristeza, la desesperanza son fuerzas más poderosas para estimular la rebeldía
que todo el caudal juvenil que pueda poseer un colegio. Pero la educación, la
familia, la sociedad, también juegan un papel determinante de acción o de
pasividad frente a la ausencia de esperanzas.
¿Para qué ser una promesa de
vida en medio del hambre y la falta de techo y dignidad? Muchos lo soportan,
apoyados en la religión –bajo la idea del más allá y la recompensa que traerá-;
otros se acomodan a las condiciones y buscan acomodarse de alguna forma, y
terminan con vidas frustradas pero que sienten llevaderas. Unos y otros, en ese
sentido avalan desde su propia vida, y a veces de forma consciente el estado de
carencia bajo el que viven. ¿Y el Estado? Buena pregunta.
Hay otros, sin embargo, que
se hastían. Esos revientan y buscan reivindicar sus derechos, suplir sus
necesidades con demandas reales y concretas, y saben que deben apelar al
Estado.
Este es el escenario al que
asistimos ahora: jóvenes que defienden lo que hay, por convicción o por necesidad,
apoyados en unos valores específicos de tradición y continuidad, siendo
enfrentados a otros jóvenes, con flama revolucionaria aparente, pero que
realmente sólo reivindican la dignidad necesaria para poder vivir, que se
supone bajo la categoría de los derechos. ¿Qué tenemos? Promesas de vida que
paulatinamente están desencadenando en el desangre y la muerte propia y ajena.
Sale a flote de nuevo la pregunta: ¿Y el Estado?
Comentarios
Publicar un comentario